Literatura

Rutas argentinas: una guía de desvíos por el país profundo

“Lo importante no es el destino. La aventura está en el viaje”, dice Leandro Vesco, invitando a sumergirnos en su nuevo libro Rutas argentinas (El Ateneo), una travesía por la selva, el mar, la cordillera y el cielo. Desde Buenos Aires hasta las Cataratas del Iguazú, Bariloche o Salta, de la mano del autor de […]

“Lo importante no es el destino. La aventura está en el viaje”, dice Leandro Vesco, invitando a sumergirnos en su nuevo libro Rutas argentinas (El Ateneo), una travesía por la selva, el mar, la cordillera y el cielo. Desde Buenos Aires hasta las Cataratas del Iguazú, Bariloche o Salta, de la mano del autor de la exitosa colección Desconocida Buenos Aires, corresponsal del diario La Nación, reconocido como el periodista turístico argentino más influyente.

Para conocer algo más de Rutas argentinas, mucho más que un libro de viajes… un viaje en sí mismo, Palabras dialogó con Leandro Vesco.

¿Cómo surge Rutas Argentinas?

Siempre escribí, aunque comencé haciendo ficción, de hecho, tengo 4 novelas, también siempre viajé, desde los 16 años por Argentina y América, y desde el año 1995 me dediqué a recorrer la Argentina profunda. El cruce entre escritura y viajes estuvo siempre, pero fue allá por 2010, cuando comencé a hacer notas para el diario La Nación, que la ficción pasó a ser algo como de otra vida, aunque está ahí latente siempre, pero lo que más me gusta son las crónicas de viaje, por eso este nuevo libro es tal vez el más consecuente de todos los que he escrito. 

Soy muy observador de cómo se viaja, de cómo se recorre una ruta, de cómo los viajeros encaran cada viaje: Hasta la pandemia lo que primaba era la velocidad, siempre había mucha prisa por llegar a destino, y frente a eso, justamente, Rutas argentinas surge como un libro de desvíos, donde la idea central es recuperar el viaje como una aventura, que en definitiva es para mí el verdadero sentido de toda travesía.

De hecho, como viajero, aun cuando vaya a determinado lugar solo para hacer una nota, siempre me quedo 3 o 4 días más en ese destino para hacerle caso a mi intuición, que es el copiloto más confiable. Siempre intento saber más o menos cuándo voy a volver, pero nunca sé de antemano qué voy a encontrar en el trayecto y esa es la parte más enriquecedora de los viajes.  

¿Cómo hiciste para estructurar esta propuesta desestructurada? 

Proyecté tres rutas: Una de Buenos Aires a Puerto Iguazú, otra de Buenos Aires a Salta, y la tercera de Buenos Aires a Las Grutas, pasando por toda la estepa hasta Bariloche. Cada una es una suma de desvíos. 

Por ejemplo, al viajero que quiere ir a Las Grutas, le sugiero tomarse siete u ocho días en ruta, en vez de nueve horas en un solo recorrido, y en esos ocho días que vaya conociendo el territorio, metiéndose por caminos que están muy poco transitados, por paraísos perdidos, por pueblitos mínimos, por aldeas marítimas que tienen un habitante, cuatro, seis, o diez. La estructura está puesta en función de ver el lado B del mapa, lejos, muy lejos, de lo tradicional, lo masivo, lo ruidoso.

Para mí es muy importante recuperar la oscuridad y el silencio. La oscuridad para ver el cielo, hay solo un 20% de personas en el mundo que ven el cielo diáfano, y quiero que seamos parte de ese grupo o lo aumentemos, que nos demos el tiempo de parar y de poder disfrutar de no tener muchas cosas más que hacer que ver el cielo.

Luego, también recuperar los silencios, la charla entre nosotros, el ensimismamiento, el poder de reconocer nuestra propia voz. Volver un poco a los viajes de lujos sencillos, poder hacer una comida que nos trae un pescador, un marisquero, o una persona que está en la montaña y recolecta papines, maíz, quinoa, comer platos honestos, eso también se plantea en el libro. 

Frente a la costumbre de que nuestras guías de viaje nos den certezas, ¿estás rompiendo ese paradigma? 

Totalmente, porque durante los últimos años fui viendo señales muy esperanzadoras, cada vez hay más personas que se animan a dejar las certezas de lado y vuelven a la incertidumbre, a la aventura, a la adrenalina. Cada vez hay más turismo de aventura, y también un turismo de soledad que va creciendo muchísimo. 

 

Hace muy poquito vine de hacer un recorrido por playas solitarias de la costa de Chubut y de Río Negro, parando en playas donde solamente llegás por el boca a boca, como Playa Santa Isabel, Playa Bonita, y pude ver que en esos lugares hay gente todo el tiempo, un traslado del solitario que se mueve por todo el país, y configura un turismo que va creciendo cada vez más.

Este libro refleja una década de viajes por ese tipo de lugares, son 200 páginas de rutas y de desvíos, de invitaciones a que vayas a lugares desconocidos, donde al pie de cada historia vas a encontrar el WhatsApp las personas que están ahí, que te va a atender y que te van a recibir. También hay indicaciones sobre lo que tenés cerca. en un radio de 20 a 50 kilómetros, y propuestas sobre qué podés hacer, qué podés comer. Trato de ayudar al explorador, darle cierta claridad y ciertas señales, en lugares donde no hay señal, de manera literal, ya que el 90% de Rutas argentinas habla de lugares donde no hay internet, no hay señal telefónica, muchas veces no hay electricidad, pero sobra tranquilidad, cielo, mar, montaña. 

Empezás en Entre Ríos y terminás en Olacapato ¿por qué?

Efectivamente el libro comienza con una historia de Entre Ríos, específicamente en Concepción del Uruguay y culmina en Olacapato, un pueblo en Salta que está a 4.400 metros de altura, porque comenzamos en la tierra y vamos hacia el cielo, y esta ruta hacia el cielo termina en el pueblo más alto de Argentina, un lugar precioso, donde hay un hospedaje, un solo comedor en el que te atiende una familia, que prepara una comida increíble. Estás muy arriba, el oxígeno es muy puro, es una aventura, pero no para cualquiera, pero aún en esos lugares he visto turistas, hasta ciclistas que se animan a eso 

Para quiénes no se animan tanto ¿qué destino te parece ideal? 

El lado B de Misiones es excelente, yo empezaría por Puerto Bemberg, una posada literaria que está en el medio de la selva, que tiene una biblioteca en cada habitación y donde podés navegar por el Paraná, un río majestuoso, pesado, con aplomo, donde tenés la costa de Paraguay a 20 metros, y escuchás las arpas sonando desde las casitas de la costa y también podés meterte en algunas cascadas secretas, joyas de Misiones, como el Salto Yasy, que significa luna en guaraní.

Es una invitación a la selva, a la lectura, al corazón del Paraná, ese río que une culturas: Argentina, Paraguay, pero Brasil también está muy presente.

Luego, ya que estamos en verano, si tenés ganas de ir a la costa, la rionegrina para mí es la mejor del país. El Golfo San Matías es un golfo que tiene características propias de un mar, como si fuera un mar interno donde la cristalinidad del agua es casi absoluta, y en algunas de sus playas como Punta Perdices o Bahía Creek, podés bucear, ver peces al lado tuyo, hospedarte en un glamping frente a la línea de costa y ver el amanecer todos los días.

Finalmente, si querés ir a Salta, hay muchos desvíos, pero en Salta invito a hacer noche en Capital, conocer Cerdo Negro, que es un establecimiento que hace jamón crudo con cerdos alimentados a bellota, y tiene un espacio donde podés comer, también ir a el Baqueano, en la cima del Cerro San Bernardo, que es uno de los 50 mejores restaurantes de Latinoamérica, y después ir por La quebrada del Toro, tomar la ruta 51 hasta San Antonio de los Cobres o Acapato, y conocer esa Salta profunda llena de lugares en que te van a recibir siempre con una sonrisa, con miradas nobles, y de donde vas a regresar muy enriquecido de tonadas de voz, de sabores, de los colores del cielo de esta Argentina desconocida.