Literatura

En este mundo, antes de los incas: Sobre Hombres que caminan entre dioses, de Pablo Baca

Ambientada entre las selvas de lo que hoy es el norte argentino y los Andes de los actuales territorios de Argentina, Bolivia y Perú, hacia el año 1100 —cuando Tiwanaku era ya una ciudad en ruinas y el Tawantinsuyo aún no existía—, la novela de Pablo Baca se interna en uno de los espacios en blanco de nuestra imaginación histórica. Allí encuentra la larga marcha de un pueblo, una mitología que se transforma a medida que sus integrantes suben al altiplano o se acercan al océano y una pregunta que insiste para sus lectores: ¿cuánto de lo sagrado nace de los dioses y cuánto, de la necesidad de no caminar a solas?

Sabemos de los incas y conocemos la conquista que puso fin a su dominio, pero nos cuesta imaginar los siglos anteriores, en los que los Andes albergaban una pluralidad de pueblos, lenguas y dioses. Hombres que caminan entre dioses, la novela de Pablo Baca, elige ese período, en gran medida desconocido. En esa elección reside buena parte de la originalidad del libro.

 

Perro Rojo, su protagonista, nace dos veces: la primera, de una mujer; la segunda, de un pozo de barro en el que está a punto de morir. Cuando comprende que forcejear no hace más que hundirlo, se deja llevar hasta que toca una raíz o una piedra y se impulsa hasta la superficie. Sale del pozo con una facultad que los demás interpretarán como magia: comprende lo que sucede un instante antes que ellos. «No es magia —dice—; solo presto atención». Esa forma de atención constituye la poética de la novela. Perro Rojo no adivina el porvenir: lee el presente con intensidad y, de ese modo, se adelanta un instante a los demás.

 

La marcha comienza cuando los tulures destruyen la aldea de los curumatas. Los sobrevivientes dejan atrás a sus muertos y también la protección de Yaptoy, su dios jaguar, serpiente y cóndor. La comunidad atraviesa quebradas, sube al altiplano, llega a la costa del Pacífico y, por fin, a la Isla Sagrada. Cada pueblo con el que se cruzan los obliga a buscar una nueva forma de combatir y cada paisaje les exige aprender otra manera de dirigirse a los dioses. El territorio los modifica a medida que lo recorren. La selva les había enseñado que cada árbol y cada animal poseían una voz; la altura les impone el respeto por la tierra que los alimenta, y el mar les revela los poderes de la luna.

 

La novela elude una de las tentaciones más comunes de la ficción sobre los pueblos originarios: inmovilizarlos en la inocencia o en la sabiduría. En los curumatas reconocemos la generosidad y también la crueldad, el miedo y el heroísmo. El propio Perro Rojo sucumbe a la fascinación por el oro y conduce a los suyos hacia una trampa en la Ciudad de Barro.

 

Pierden a Yaptoy, se va quedando atrás a medida que se alejan de la selva. Cielo de Sal, en el altiplano, les enseña el culto a la Madre Tierra. Conocen al Decapitador, que arrastra a los muertos hacia el inframundo, donde son juzgados. Chilcote asume formas de hombre, jaguar, cóndor y serpiente. Por encima de todos ellos, aunque distante, el Dueño de Todas las Cosas.

 

Los dioses les muestran que no todo es lo que parece. Perro Rojo cree haber matado al dios Chilcote, una criatura que cambia de forma, pero después descubre que el cadáver es el de Orso, el perro. Lo fantástico no irrumpe desde afuera: es una posibilidad que nunca termina de separarse por completo de la experiencia.

 

El libro se abre con unas palabras del Inca Garcilaso sobre Pachacámac, el dios que no podía verse y solo podía adorarse interiormente. La novela toma en serio esa idea: ¿cómo narrar a un dios cuya señal más persistente es su ausencia? En la Ciudad Sagrada, los curumatas encuentran templos derruidos, monolitos erosionados y una fosa con niños sacrificados. Sus antiguos habitantes habían ofrecido sus vidas para que regresara la lluvia, pero la lluvia no volvió. El silencio divino, sin embargo, no anuló la fe; al contrario, multiplicó sus exigencias. La fe, que puede sostener a una comunidad durante un éxodo, también puede convertir la esperanza en una demanda interminable de víctimas. La anciana que Perro Rojo encuentra en distintos puntos del viaje le dice: «La mejor forma de engañar es no decir nada». Podría estar hablando tanto de los dioses como de los chamanes que administran el mutismo de los dioses.

 

La primera parte se titula «Perro Rojo» y cuenta la formación del hombre capaz de salvar a los suyos. La segunda, «Los dioses», somete esa capacidad a fuerzas que no se dejan leer con facilidad. En el tramo final, cuando la comunidad se establece en una isla, el paso del tiempo deja de medirse en combates o fugas: se levantan chozas, se forman parejas y nacen niños. Las versiones del éxodo comienzan a deformarse alrededor del fuego. La aventura se convierte en relato. Perro Rojo, que ha vivido un instante por delante de los demás y así ha salvado varias veces a su pueblo, entra en el presente común. Descubre entonces que la memoria colectiva prefiere a Hombre, el falso dios de un solo ojo, y también al chamán que lo mató, transformado en los relatos en una criatura alada. La novela reflexiona así sobre su propio sentido: el pasado no perdura por todo lo que ocurrió, sino por aquello que una comunidad elige contar.

 

Pablo Baca ha escrito una novela sobre un mundo anterior a los incas y a los españoles que luego hablaron de ellos, sin presentarlo como un mundo cristalizado. Le devuelve aquello que la mirada retrospectiva suele quitarle: un presente abierto, lleno de vidas que ignoran qué destino las espera y en qué historias acabarán convertidas. Al final, Espuma del Agua entra en la choza, abraza a Perro Rojo y apoya la cabeza sobre su hombro. Después de los dioses, las profecías y los sacrificios, la vida adopta la forma elemental de una hija que se acerca a su padre.

Pablo Baca, escritor