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El centro de la momia: Luis Gusmán y la eternidad del lenguaje

«En el corazón de junio» de Luis Gusmán. Tercera edición Editorial Bardos. Reseña con la belleza del arte de tapa de la gran artista María Pinto

Por Graciela Araoz

Luis Gusmán recupera una centralidad sagrada y la pone a latir en un cuerpo ajeno, convirtiendo el trasplante en una irrupción poética. En los antiguos ritos egipcios, el corazón era la única víscera que permanecía en el interior de la momia; era el centro necesario para la eternidad. Todo centro es símbolo de lo eterno: mientras el tiempo es el movimiento externo de la rueda de las cosas, en el medio se halla el “motor inmóvil” aristotélico. En esta novela, ese corazón —el de Cigorraga, el «mal tipo»— es el motor que sobrevive y obliga al protagonista, Flores, a un viaje que no es de redención, sino de pura continuidad.

Dice el autor: “A los libros he confiado la memoria de mi cuerpo”. Aquí no se narra el viaje de Ulises por la ciudad, sino el viaje de Flores por las arterias. Si bien la novela se ancla en la historia argentina por el bombardeo a Plaza de Mayo y en la literatura universal por el Bloomsday de Joyce, también se espeja en el día de San Quirico, aquel niño mártir cuya alma subió al cielo en forma de paloma blanca. Si Leopold Bloom camina Dublín un 16 de junio, el corazón de Gusmán «camina» ese mismo día por un cuerpo extraño. Es un «Ulises de las arterias» donde el recorrido es interno y el espacio se convierte en una escenografía cinematográfica.

Esta lectora advierte una asimetría estética entre el cine de Peter Greenaway y la prosa de Gusmán: ambos construyen cuadros más que escenas, donde la belleza del horror hipnotiza y el cuerpo es tratado como un catálogo que se puede abrir y diseccionar. En esta puesta en escena, lo blanco —que simboliza la totalidad—, la nieve y las plumas operan como una sublimación de la tierra. Constituyen un texto poético que convierte el espanto en belleza, con un ritmo que deja al lector en una especie de sesión espiritista, en suspensión hacia algún cielo de estrellas.

En este viaje donde dialogan Conrad, Wilcock y Kafka, surge un encuentro inesperado con el monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Al igual que en el relato de García Márquez, donde el agua lo invade todo, en Gusmán la historia amenaza con entrar en la casa. “Había que salvar el dormitorio de mi madre”. La madre vidente, la espiritista, es aquí la directora de orquesta; el personaje que le da luz al órgano y lo convierte en un corazón que se eleva, sin culpa, transformando los latidos en una música operística.

Este recorrido es una partitura donde se cruzan ríos y más ríos. Gusmán opera el lenguaje con la lírica del tango, pero lo hace a través de un espectro: Charlez Gardez. Al distorsionar el nombre del mito, el autor nos advierte que estamos en un territorio de sombras. Al cerrarse los ojos de ese «Gardez» —y con ellos los del donante—, se abre la mirada de Flores en un fundido a blanco donde la imagen se vuelve sonido. Es una novela-río, pero no de agua, sino de ecos: un río donde los párrafos son poesía pura y el corazón egipcio, en lugar de sangre, bombea versos para la eternidad.